Orgánico versus convencional: el eterno debate
El gobierno federal y los científicos difieren sobre los beneficios y peligros de ambos tipos de alimentos
Anunciantes26 de marzo, 2008
Marzo es el Mes Nacional de la Nutrición, un buen momento para reevaluar nuestros hábitos alimenticios. Un aspecto que cada vez cobra más importancia para el consumidor es la opción de comprar alimentos denominados "orgánicos" y "convencionales".
Tanto las frutas y verduras como los granos y el ganado pueden ser cosechados o criados de forma natural o con los tratamientos tradicionales que muchas veces incluyen químicos artificiales. He aquí el gran debate entre la Administración para Alimentos y Drogas (FDA, por sus siglas en inglés), la organización encargada de supervisar los alimentos y fármacos en Estados Unidos, y los científicos que abogan por los derechos humanos: la primera asegura que no hay diferencia entre lo orgánico y lo convencional en cuanto a la salud humana y los segundos argumentan todo lo contrario.
A mediados de los años 60, la comida orgánica era cosechada por agricultores locales, quienes se confiaba utilizaban métodos más naturales para sus siembras. En ese entonces, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) no había establecido requisitos para este grupo de alimentos. Éstos por lo general se podían encontrar en mercados independientes como los Farmer's Market.
Hoy en día, el panorama de la industria orgánica ha cambiado. Desde el 2002, los productos de este tipo siguen una estricta línea de requisitos para lograr la certificación 'USDA Certified Organic', un sello redondo, por lo general en verde y blanco, con las siglas del departamento. A su vez, las frutas y verduras orgánicas ya no son exclusivas de los mercados pequeños y se encuentran con facilidad en supermercados progresivos como Whole Foods y hasta los más tradicionales.
El proceso para recibir la certificación es riguroso. Según el Programa Nacional Orgánico, para obtener el sello, se debe:
1. Sembrar cosechas que no incluyan pesticidas, fertilizantes sintéticos o hechos con agua del desagüe, radiación o bioingeniería y criar animales sin hormonas, antibióticos u organismos genéticamente modificados.
2. Ser inspeccionado por un certificador aprobado por el gobierno estadounidense. El inspector analizará no sólo el producto sino el proceso de siembra y producción al igual que la tierra o granja en sí para asegurarse que ésta no haya trabajado en los últimos tres años con ninguno de los químicos antes mencionados.
A pesar de las diferencias que se esperan tengan los alimentos procesados de diferentes formas, el USDA no ha declarado que la comida orgánica sea más sana ni más alimenticia que la producida convencionalmente. Según Beth Harrison, autora de "Shedding Light on Genetically Engineered Foods", un libro sobre las políticas y riesgos para la salud de las comidas genéticamente modificadas, "el problema más grave es que Estados Unidos y Canadá son los únicos dos países industrializados que por ley no requieren etiquetas para la comida genéticamente modificada.
"En otros países hay una etiqueta que te indica cuáles son los alimentos genéticamente manipulados, y estos se colocan en una sección especial del supermercado,", añade la autora y doctora en medicina naturista. "Las etiquetas te permiten seguirle la pista a los efectos que estas comidas producen en nuestra salud.
En su "Guía para la industria" , el FDA declara que "no tiene base para concluir que las comidas producidas por medio de la bioingeniería difieren de otras comidas de alguna forma uniforme o significativa, o que, como una clase, comidas desarrolladas por medio de las nuevas técnicas presenten alguna preocupación mayor o diferente en cuanto a la seguridad o salud que las comidas desarrolladas por medio de siembras tradicionales de plantas". Harrison agrega que si la compra de los alimentos orgánicos resulta demasiado costosa para su presupuesto, que por lo menos se asegure de comprar en forma orgánica las cuatro siembras más genéticamente modificadas. Estas son la soya, los lácteos como la mantequilla y la leche, el maíz y sus derivados y el aceite de canola.
Tanto las frutas y verduras como los granos y el ganado pueden ser cosechados o criados de forma natural o con los tratamientos tradicionales que muchas veces incluyen químicos artificiales. He aquí el gran debate entre la Administración para Alimentos y Drogas (FDA, por sus siglas en inglés), la organización encargada de supervisar los alimentos y fármacos en Estados Unidos, y los científicos que abogan por los derechos humanos: la primera asegura que no hay diferencia entre lo orgánico y lo convencional en cuanto a la salud humana y los segundos argumentan todo lo contrario.
A mediados de los años 60, la comida orgánica era cosechada por agricultores locales, quienes se confiaba utilizaban métodos más naturales para sus siembras. En ese entonces, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) no había establecido requisitos para este grupo de alimentos. Éstos por lo general se podían encontrar en mercados independientes como los Farmer's Market.
Hoy en día, el panorama de la industria orgánica ha cambiado. Desde el 2002, los productos de este tipo siguen una estricta línea de requisitos para lograr la certificación 'USDA Certified Organic', un sello redondo, por lo general en verde y blanco, con las siglas del departamento. A su vez, las frutas y verduras orgánicas ya no son exclusivas de los mercados pequeños y se encuentran con facilidad en supermercados progresivos como Whole Foods y hasta los más tradicionales.
El proceso para recibir la certificación es riguroso. Según el Programa Nacional Orgánico, para obtener el sello, se debe:
1. Sembrar cosechas que no incluyan pesticidas, fertilizantes sintéticos o hechos con agua del desagüe, radiación o bioingeniería y criar animales sin hormonas, antibióticos u organismos genéticamente modificados.
2. Ser inspeccionado por un certificador aprobado por el gobierno estadounidense. El inspector analizará no sólo el producto sino el proceso de siembra y producción al igual que la tierra o granja en sí para asegurarse que ésta no haya trabajado en los últimos tres años con ninguno de los químicos antes mencionados.
A pesar de las diferencias que se esperan tengan los alimentos procesados de diferentes formas, el USDA no ha declarado que la comida orgánica sea más sana ni más alimenticia que la producida convencionalmente. Según Beth Harrison, autora de "Shedding Light on Genetically Engineered Foods", un libro sobre las políticas y riesgos para la salud de las comidas genéticamente modificadas, "el problema más grave es que Estados Unidos y Canadá son los únicos dos países industrializados que por ley no requieren etiquetas para la comida genéticamente modificada.
"En otros países hay una etiqueta que te indica cuáles son los alimentos genéticamente manipulados, y estos se colocan en una sección especial del supermercado,", añade la autora y doctora en medicina naturista. "Las etiquetas te permiten seguirle la pista a los efectos que estas comidas producen en nuestra salud.
En su "Guía para la industria" , el FDA declara que "no tiene base para concluir que las comidas producidas por medio de la bioingeniería difieren de otras comidas de alguna forma uniforme o significativa, o que, como una clase, comidas desarrolladas por medio de las nuevas técnicas presenten alguna preocupación mayor o diferente en cuanto a la seguridad o salud que las comidas desarrolladas por medio de siembras tradicionales de plantas". Harrison agrega que si la compra de los alimentos orgánicos resulta demasiado costosa para su presupuesto, que por lo menos se asegure de comprar en forma orgánica las cuatro siembras más genéticamente modificadas. Estas son la soya, los lácteos como la mantequilla y la leche, el maíz y sus derivados y el aceite de canola.
