'Uno se siente más cerca de Dios aquí'
13 de mayo, 2008
A pesar de que el frescor de la mañana flotaba en el ambiente de este desértico paraje desolado, frecuentado a menudo por vehículos para el desierto y motos todoterreno, los rayos del sol eran fuertes y hacían resaltar cada sombra y le daban más brillo a los colores más pálidos.
Una hilera banderas bastantes usadas y colocadas en torno a un altar con la estatua de la Virgen María, se destacaba en la luminosidad, como indicio de la reunión festiva que muy pronto se realizaría en este lugar.
A eso de las 7:00 de la mañana, ya habían llegado decenas de personas con sus botellas de agua, neveras y rosarios. Unas cuantas mujeres traían rosas, tulipanes y lirios de cala, que fueron colocando amorosamente en la tierra frente al altar.
Yo espero con mucho interés estos días, dijo Rosie Gaines, de 77 años, una obrera de la aeronáutica de Lancaster ya retirada. Para mí es muy emotivo estar aquí.
Gaines y cerca de un millar de personas más se congregaron el mes pasado en un páramo conocido como Nuestra Señora de la Roca. El 13 de cada mes, dicen ellos, la Virgen María se aparece y le habla a una mujer llamada María Paula Acuña. Desde hace casi 20 años, multitudes acuden a este lugar, situado a unas 10 millas al norte de California City.
Algunos visitantes le toman fotos al sol y dicen que ven a María en las sombras y en la luz. Algunos son solamente curiosos, otros vienen en busca de un milagro y hay quienes dicen que quieren sentirse más cerca de Dios. El 13 de cada mes crean una comunidad fugaz de fieles en el desierto.
Hay informes generalizados de apariciones de la Virgen María. Su imagen se ha percibido en ventanas, pepitas de oro, pedazos de chocolate y, tal vez la más infame de todas, en tortillas. En casos menos frecuentes, hay gente que dice que María les habla.
Los académicos que han estudiado el fenómeno notan un patrón: La publicidad atrae a los curiosos y a los creyentes, pero la emoción se desvanece rápidamente. Casi nunca se forma una comunidad duradera, dijo Lisa Bitel, una profesora de historia y religión en USC, quien actualmente coescribe un libro sobre Nuestra Señora de la Roca.
Acuña dice que ella tuvo la visión de la Virgen María en 1990, en el Cañón López, cerca de su casa en Pacoima. Su hija de 3 años, la más joven de seis hermanos, tenía leucemia y la aparición de María la curó, según ella. Acuña regresó al sitio y, a medida que corrió la voz de su visión, multitudes cada vez mayores se le unieron hasta que los propietarios del terreno se quejaron y las reuniones se trasladaron al sitio actual.
A eso de las 11:00 de la mañana, Acuña llegó en una furgoneta blanca. Vestía un hábito largo, color blanco. Al salir de la furgoneta, la multitud corrió hacia ella: Mi hermano tiene cáncer. Mi primo está enfermo. ¡Por favor, madre!
Acuña sonrió en silencio. Un hombre que llevaba una camiseta en que se leía Nuestra Señora de la Roca le dijo a la multitud que reservaran sus peticiones a la Madre Acuña para más tarde. Por ahora, déjenla caminar, les dijo.
Yo creo que hay gente que puede interceder con Dios o con la Virgen María, dijo Linda Mora, de 60 años, de Montebello, mientras caminaba a un costado de Acuña. Siempre habrá incrédulos que lo nieguen, dijo ella, pero si hace feliz a la gente, si la gente cree, pues deben dejarnos tranquilos.
En lo que Acuña caminaba por el sendero, seguida por músicos, alguien dijo súbitamente, Está viendo algo. El mensaje se esparció como una onda a través de la multitud. Muchos cayeron de rodillas y se viraron para mirar a Acuña, que se arrodilló y susurró algunas palabras en oración.
Acuña sonríe en reconocimiento y a menudo. Puede ser amigable, pero no parece poseer ese magnetismo atractivo que uno pudiera atribuir a un predicador telegénico. No pertenece a ninguna orden religiosa establecida.
Hace trece años, el cardenal Roger M. Mahony, de la Arquidiócesis Católica Romana de Los Ángeles, le negó su aval a Nuestra Señora de la Roca, diciendo que los seguidores estaban en peligro de ser engañados y que la arquidiócesis había hallado irregularidades doctrinales, canónicas y financieras entre los organizadores. La arquidiócesis no ha cambiado su posición respecto a las reuniones en el desierto.
Acuña es hermética y dice que no puede hablar de su pasado sin el permiso de un padre espiritual, a quien se niega a identificar. La información sobre su pasado es escasa. Nació en Sonora, México, y vino a Estados Unidos hace 38 años por la misma razón que vienen todos, a buscar una vida mejor para mis hijos, dijo.
Acuña dice que vive en un tráiler en California City con cuatro mujeres, a quienes llama hermanas, pero al parecer no están reconocidas por ninguna iglesia. Manejan una entidad sin fines de lucro, conocida como Movimiento Mariano del Sur de California que declara decenas de miles de dólares en donaciones todos los años. El grupo pasa sus días rezando el rosario, haciendo bordados a cambio de donativos y predicando a reclusos de una cárcel cercana, dijo Acuña. Soy pobre, pero estoy feliz, dijo ella.
Uno se siente más cerca de Dios aquí, dijo Alberto Ramos, de 51 años, de Los Ángeles, quien ha venido al sitio con sus cuatro hermanos desde hace casi un año. He visto el cuerpo de Cristo. He visto ángeles. He visto a la virgen, expresó Ramos, repasando un montón de fotos Polaroid. En una de ellas, hay aros oscuros en torno al sol. En otra, la silueta de una mujer parece dar sombra al sol.
Momentos más tarde, Acuña colocó sus manos encima de cada persona que se le acercó. Érika López, de 25 años, bajó la vista brevemente hasta la cabeza sin cabellos de su hija antes de dársela a Acuña, junto con una nota escrita a mano: Paulina López, Bakersfield, 4 años de edad, cáncer renal. Acuña sonrió a la niña y oró brevemente antes de devolvérsela a la madre.
Minutos después, la familia de Cynthia Muro le pidió a Acuña que rezara por Cynthia, de 21 años, que al parecer tiene dificultades para caminar y mover los brazos. Acuña le apretó las manos, le pidió que alzara los brazos y los extendiera, mientras susurraba oraciones.
Necesita fisioterapia, le dijo Acuña a la familia. Tiene un problema de los nervios. Ellos Sonrieron cortésmente y se alejaron. Después de pasar Acuña entre la multitud, la gente regresó a sus autos y uno a uno se fueron marchando. Las tiendas de campaña, sombrillas y sillas plegables fueron empacadas poco a poco y la comunidad, que durante unas horas se había congregado en el desierto, desapareció.
Una hilera banderas bastantes usadas y colocadas en torno a un altar con la estatua de la Virgen María, se destacaba en la luminosidad, como indicio de la reunión festiva que muy pronto se realizaría en este lugar.
A eso de las 7:00 de la mañana, ya habían llegado decenas de personas con sus botellas de agua, neveras y rosarios. Unas cuantas mujeres traían rosas, tulipanes y lirios de cala, que fueron colocando amorosamente en la tierra frente al altar.
Yo espero con mucho interés estos días, dijo Rosie Gaines, de 77 años, una obrera de la aeronáutica de Lancaster ya retirada. Para mí es muy emotivo estar aquí.
Gaines y cerca de un millar de personas más se congregaron el mes pasado en un páramo conocido como Nuestra Señora de la Roca. El 13 de cada mes, dicen ellos, la Virgen María se aparece y le habla a una mujer llamada María Paula Acuña. Desde hace casi 20 años, multitudes acuden a este lugar, situado a unas 10 millas al norte de California City.
Algunos visitantes le toman fotos al sol y dicen que ven a María en las sombras y en la luz. Algunos son solamente curiosos, otros vienen en busca de un milagro y hay quienes dicen que quieren sentirse más cerca de Dios. El 13 de cada mes crean una comunidad fugaz de fieles en el desierto.
Hay informes generalizados de apariciones de la Virgen María. Su imagen se ha percibido en ventanas, pepitas de oro, pedazos de chocolate y, tal vez la más infame de todas, en tortillas. En casos menos frecuentes, hay gente que dice que María les habla.
Los académicos que han estudiado el fenómeno notan un patrón: La publicidad atrae a los curiosos y a los creyentes, pero la emoción se desvanece rápidamente. Casi nunca se forma una comunidad duradera, dijo Lisa Bitel, una profesora de historia y religión en USC, quien actualmente coescribe un libro sobre Nuestra Señora de la Roca.
Acuña dice que ella tuvo la visión de la Virgen María en 1990, en el Cañón López, cerca de su casa en Pacoima. Su hija de 3 años, la más joven de seis hermanos, tenía leucemia y la aparición de María la curó, según ella. Acuña regresó al sitio y, a medida que corrió la voz de su visión, multitudes cada vez mayores se le unieron hasta que los propietarios del terreno se quejaron y las reuniones se trasladaron al sitio actual.
A eso de las 11:00 de la mañana, Acuña llegó en una furgoneta blanca. Vestía un hábito largo, color blanco. Al salir de la furgoneta, la multitud corrió hacia ella: Mi hermano tiene cáncer. Mi primo está enfermo. ¡Por favor, madre!
Acuña sonrió en silencio. Un hombre que llevaba una camiseta en que se leía Nuestra Señora de la Roca le dijo a la multitud que reservaran sus peticiones a la Madre Acuña para más tarde. Por ahora, déjenla caminar, les dijo.
Yo creo que hay gente que puede interceder con Dios o con la Virgen María, dijo Linda Mora, de 60 años, de Montebello, mientras caminaba a un costado de Acuña. Siempre habrá incrédulos que lo nieguen, dijo ella, pero si hace feliz a la gente, si la gente cree, pues deben dejarnos tranquilos.
En lo que Acuña caminaba por el sendero, seguida por músicos, alguien dijo súbitamente, Está viendo algo. El mensaje se esparció como una onda a través de la multitud. Muchos cayeron de rodillas y se viraron para mirar a Acuña, que se arrodilló y susurró algunas palabras en oración.
Acuña sonríe en reconocimiento y a menudo. Puede ser amigable, pero no parece poseer ese magnetismo atractivo que uno pudiera atribuir a un predicador telegénico. No pertenece a ninguna orden religiosa establecida.
Hace trece años, el cardenal Roger M. Mahony, de la Arquidiócesis Católica Romana de Los Ángeles, le negó su aval a Nuestra Señora de la Roca, diciendo que los seguidores estaban en peligro de ser engañados y que la arquidiócesis había hallado irregularidades doctrinales, canónicas y financieras entre los organizadores. La arquidiócesis no ha cambiado su posición respecto a las reuniones en el desierto.
Acuña es hermética y dice que no puede hablar de su pasado sin el permiso de un padre espiritual, a quien se niega a identificar. La información sobre su pasado es escasa. Nació en Sonora, México, y vino a Estados Unidos hace 38 años por la misma razón que vienen todos, a buscar una vida mejor para mis hijos, dijo.
Acuña dice que vive en un tráiler en California City con cuatro mujeres, a quienes llama hermanas, pero al parecer no están reconocidas por ninguna iglesia. Manejan una entidad sin fines de lucro, conocida como Movimiento Mariano del Sur de California que declara decenas de miles de dólares en donaciones todos los años. El grupo pasa sus días rezando el rosario, haciendo bordados a cambio de donativos y predicando a reclusos de una cárcel cercana, dijo Acuña. Soy pobre, pero estoy feliz, dijo ella.
Uno se siente más cerca de Dios aquí, dijo Alberto Ramos, de 51 años, de Los Ángeles, quien ha venido al sitio con sus cuatro hermanos desde hace casi un año. He visto el cuerpo de Cristo. He visto ángeles. He visto a la virgen, expresó Ramos, repasando un montón de fotos Polaroid. En una de ellas, hay aros oscuros en torno al sol. En otra, la silueta de una mujer parece dar sombra al sol.
Momentos más tarde, Acuña colocó sus manos encima de cada persona que se le acercó. Érika López, de 25 años, bajó la vista brevemente hasta la cabeza sin cabellos de su hija antes de dársela a Acuña, junto con una nota escrita a mano: Paulina López, Bakersfield, 4 años de edad, cáncer renal. Acuña sonrió a la niña y oró brevemente antes de devolvérsela a la madre.
Minutos después, la familia de Cynthia Muro le pidió a Acuña que rezara por Cynthia, de 21 años, que al parecer tiene dificultades para caminar y mover los brazos. Acuña le apretó las manos, le pidió que alzara los brazos y los extendiera, mientras susurraba oraciones.
Necesita fisioterapia, le dijo Acuña a la familia. Tiene un problema de los nervios. Ellos Sonrieron cortésmente y se alejaron. Después de pasar Acuña entre la multitud, la gente regresó a sus autos y uno a uno se fueron marchando. Las tiendas de campaña, sombrillas y sillas plegables fueron empacadas poco a poco y la comunidad, que durante unas horas se había congregado en el desierto, desapareció.
